A Esperanza le gusta aparecer como la abuelita versión 2000 de Caperucita Roja, siempre sonriente, afable, de máxima educación y bonhomía, como si en su casa estuviera esperando la tarta humeante de arándanos recién escogidos del bosque. Gallardón, en cambio, con sus cejas hiperpobladas, parece el lobo. En la vida real, todos sabemos la verdad. La abuelita ha devorado al lobo: en el ascensor compartido tras la defenestración del alcalde como posible diputado, la simpática abuelita le dijo que no se pusiera así, enfurruñado y amenazante, que al final los dos seguirían donde ya estaban. Otras veces le ha sugerido que calladito está mejor y en pleno furor de una biografía suya donde demostraba su absoluta animosidad al compañero de partido, apareció en una fiesta deslumbrantemente vestida de hada. En ese juego de personalidades confusas, Alberto y Esperanza son la antítesis de las teorías del machismo imperantes en nuestra cultura. La mujer es dominante, terriotorializa mezcla de loba romana y águila imperial. El varón es cordero, inesperadamente, refugiándose en la revancha, que precisamente ha sido siempre una de las más eficaces armas femeninas. Alberto y Esperanza, en su culebrón, son dos villanos destinados a durar muchos capítulos.
La vida, lamentablemente, no es un culebrón, pero es fascinante que la política europea actual se preste ávidamente a imitarlos.
Extraído de El País Semanal, Nº 1637, del reportaje de Boris Izaguirre titulado "Historias de pareja"





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